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La primera novela de la periodista italiana Silvia Ferreri -finalista en su país del prestigioso Premio Strega 2018-, y traducida por Francisca García (con especial cuidado al castellano chileno), afronta un conflicto durísimo al interior de su clímax dramático, en un nudo de gravitante actualidad: el cambio de sexo de un hijo adolescente.

La madre de Eva (Edicola Ediciones, Italia-Chile, 2018) destaca por su tono nostálgico, a veces derrotista, crítico y culposo. La voz narrativa está a cargo de la madre, que construye su relato como una larga carta de amor hacia su hija, a la que se le diagnostica ‘disforia de género’. La madre es profesora de teatro y en su relato se debate, reflexiona, reprocha, en una larga confesión, donde comparte sus lazos familiares y revela el machismo paterno. Las diferencias entre padre e hija son muchas; la más importante: “[E]ra mujer. Había perdido la partida desde el nacimiento”.  Así, la novela nos habla de las expectativas familiares y las distorsiones que ocurren, ya de manera histórica e inconsciente. La misma madre reconoce, al referirse a su hija: “Y yo te hice a ti. Solo que por el cálculo de probabilidades debías ser hombre. No podía continuar esta seguidilla de mujeres. Debías ser hombre”. Pero la exigencia por parte de esta familia de mujeres que paren mujeres, también es compartida por el padre de Eva: “Un día tu padre soñó que eras hombre”. En más de algún sentido, la polémica de esta narración -la transición hacia el otro género- se podría ver como una manifestación de rebeldía contra el código genético que, como un karma, acompaña cada parto.

A pesar de que el conflicto está claro desde el comienzo, las intervenciones de Eva son escasas, y su proceso lo vemos a través de ‘los otros’. Así, nos enteramos del trayecto que viven ambas (en realidad toda la familia), cuando, finalmente, llegan a Serbia para que Eva se transforme en Alejandro. Deben ir ahí porque en Italia la sentencia perjudica a Eva. Como dice la madre: “para la ley italiana, tú no eres dueña de tu cuerpo”. Pero la convicción y la determinación de Eva son impresionantes. Contra toda resolución, mantiene su objetivo clarísimo, pasando por abogados, especialistas, médicos, psicólogos. Para la operación misma la familia tiene que vender una adorada casa de veraneo. Y es que Eva tiene claras las cosas desde los 4 años, como demuestra con una carta al viejito pascuero, donde le pide que le dé un “pirulín”, ya que no quiere despertarse más con vagina.

En este proceso vemos a los padres haciendo agua y su matrimonio paulatinamente destrozado. La erosión en las relaciones es finamente detallada, como ocurre también con las interacciones sociales de la madre de Eva, en su relación con su propia madre, en una emotiva visita a la casa de infancia, donde ambas mujeres lloran… Así, la novela destaca por sus introspecciones; palpamos este temor al desconocimiento que deriva en un cuestionamiento filosófico: “Eva, ¿qué queda del alma cuando cambia el cuerpo? ¿Tendrás las mismas emociones de antes? ¿O sentirás como un hombre, te comportarás como un hombre?”. La narración también remueve determinados lugares sociales con una perspectiva desfamiliarizante. Una escena clave de la novela es la historia que le cuenta una colega a la madre de Eva. Esta mujer es despertada en la noche para ser informada del accidente de auto de su hijo; es improbable que sobreviva, sin embargo, resiste la operación. La mujer revela: “Solo que cuando volvió a casa ya no era más un estudiante universitario con una novia y un futuro por delante, sino un niño de nueve años en un cuerpo de hombre”. Y su conclusión es iluminadora: “Pensamos siempre que las desgracias les suceden a los demás y no a nosotros. Solo que nosotros somos los otros de alguien más”.

Nada es fácil en este ambiente, pues La madre de Eva no propone happy-endings ni recetas edulcoradas para lidiar con un conflicto complicado como éste -la misma Eva es un personaje bastante difícil de querer, pues carece de empatía y de gratitud-. Más bien, la novela documenta la dureza de un proceso como este que desbarata convicciones y pone a prueba el alcance de los afectos y de la solidaridad. Llegando a Serbia, la madre reflexiona: “Madre e hija todavía, por poco. Sabía que nos subiríamos, sabía lo que habíamos venido a hacer. Me avergoncé. Estúpidamente, tras dieciocho años de tormentos, luego de haberte llevado hasta ahí, me avergoncé de un taxista”.

Un sub-tema de la novela es el mercado que surge de esta compleja red, y que se dirige hacia el discurso médico. Más allá de los conflictos legales que controlan a los cuerpos, vemos el despliegue de las ofertas que este mercado explota. Mientras que en Italia les resulta imposible llevar a cabo la operación (argumentan que a los dieciocho años no se puede saber con certeza lo que se quiere; que una mutilación de este tipo es irrevocable, es bárbara), en Serbia sí es acogida Eva, incluso cuando el mismo doctor que la opera, expone: “Todos quedan desilusionados con la reconstrucción. Porque esperan algo que la cirugía nunca podrá darles. Algunos se conforman, otros siguen buscando toda la vida, sometiéndose a decenas de intervenciones. Espero que para su hija no sea así. Porque es una búsqueda que no tiene fin. Un martirio sin término al que se someten la vida entera”.

Nicolás Poblete Pardo es escritor, periodista y PhD en literatura hispanoamericana por la Washington University in St. Louis, Estados Unidos. En la actualidad ejerce como profesor titular de la Universidad Chileno-Británica de Cultura, y su última novela publicada es Concepciones (Editorial Furtiva, Santiago, 2017). Asimismo, es redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

Publicado en Cine y Literatura.

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